10 agosto 2006

Cobalto.- Cástulo Aceves

Ella llega al aeropuerto demasiado temprano para el vuelo, debe esperar. Pasa por la sala general que luce casi vacia. Pequeños grupos de personas, con rostros cansados, observan sus relojes, revisan los monitores de llegadas o duermen sentados. Son las dos de la mañana. Le llama la atención un joven. Esta vestido con ropa formal. La mujer se detiene un segundo, finge estar viendo una pantalla con las salidas y lo observa de reojo. El muchacho tiene una expresión distinta, nerviosa y, en primer momento le parece, algo maléfica. Abraza un ramo de flores y a su lado hay un oso de peluche tan grande que ocupa un asiento como si fuera un niño de díez años. Él parece darse cuenta de que es observado. Voltea hacia la mujer y le sostiene la mirada. Ella se sonroja ligeramente, después sigue su camino.

Pasa las revisiones de seguridad y llega al lugar donde debe esperar su vuelo. Esta sala, a diferencia de la espaciosa y semi-vacia general, es pequeña y esta relativamente ocupada. Esta habitación esta reservada para viajes ejecutivos, por lo que cuenta con calefacción, baños limpios y televisores. Se sienta en un sillon y mira a su alrededor. Solo hombres de negocios con sus respectivos cafés, los ojos hundidos tras órbitas oscuras. Se siente sola. Nadie habla en ese lugar, la mayoría leen algún periódico o mirán inexpresivos hacia el techo. Esta nerviosa. Pronto será el momento que ella tenia años esperando, una oportunidad que buscó a base de paciencia. No pudo dormir en toda la noche, temia quedarse dormida y perder el vuelo.

Debo calmarme, se dice a si misma. Es arquitecta. Ha pasado los últimos díez años brincando de una empresa a otra, con aumentos y mejoras casi imperceptibles. También ha estado todo ese tiempo mandando curriculums a la capital, cada vez más llenos de logros y referencias, a la espera de que algun coorporativo internacional le diera una oportunidad. Un correo fue contestado hace dos semanas, le ofrecieron una entrevista de trabajo.

El vuelo de las cuatro de la mañana le permitiá llegar a tiempo a la entrevista, con la comodidad de no pagar una sola noche de hotel. A través de las ventanas se observan las pistas dibujadas en medio de la oscuridad por miles de focos amarillos. La inquietud le ha quitado todo el sueño. No hay a su alrededor, además de ella, ni una sola mujer. Nadie interesante, piensa al ver los rostros de esos hombres. Todos maduros y semi dormidos, al igual que sus jefes y compañeros de trabajo. Al igual que su exnovio. Con este pensamiento le asalta una opresión, una tristeza que parece un globo inflandose en su pecho, en su garganta. Las peleas, las palabras dichas sin pensar. Los meses que ya se han acumulado alejándose de los recuerdos, de los amigos comunes, de los planes que se quebrarón. Ahora, más que nunca, desea un trabajo que la aleje de esa ciudad.

Vuelve a mirar a su alrededor. Aun a pesar de la brillante luz florecente en la sala de espera, le parece estar rodeada de sombras. Se pone de pie, toma su unica maleta y camina hacia el baño. Pasa junto a la puerta que lleva de nuevo a la sala general. Se detiene. Duda. Cambia de dirección y regresa a la espaciosa habitación donde vió al joven. El chico sigue en el mismo lugar, aun con esa aura de nerviosismo con la que la arquitecta se siente identificada. La chica se acerca, se le queda mirando al juguete. El oso tiene una corbata azúl metálico y una flor hecha de globos amarrada en la mano. El muchacho nota la mirada. Es para mi novia, no la he visto en años. Ella se ruboriza un poco, le sonrie al tiempo que le mira los ojos.

Se presentan. Ella le dice que va a la capital, que es arquitecta, que es muy bonito el oso y que ojala tuviera un novio que la esperará asi. El joven a su vez contesta que es químico, que el oso lo habia guardado ya varios meses y que espera que su novia piense lo mismo, porque la distancia ha puesto las cosas extrañas. ¿Extrañas? pregunta la mujer. Si, extrañas, contesta él y agrega: ¿A que horas sale tu vuelo? A las cuatro, falta hora y media. Te invito un café, comenta el muchacho poniéndose de pie. Ella lo ve alejarse caminando, algo siniestro en su forma de andar le eriza la piel. Le dan ganas de tomar al oso, de abrazarlo. No se anima a levantarlo de su lugar. Cuando él llega se toman el café sin moverse de ese lugar. Ella se pierde por momentos en los ojos verdes del muchacho, sabe que es mucho mas chico, pero una cosquilla de inquietud se le despierta.

Al principio, durante algunos minutos, platican de la vida. Él no dice casi nada. Se pone inquieto cada que debe responder algo personal. Ella habla del exnovio, de la soledad, de los díez años que terminaron en gritos. El joven guarda silencio. Después hace un comentario sobre sus ojos brillantes y su cabello que parece más suave que un aroma. La mujer ríe, pareces mas poeta que químico. Después acerca a su rostro y pone la mano en forma casual a un lado de la del muchacho. Uno puede ser muchas cosas además de químico, dice él y mueve su brazo. Un ligero rozamiento de los dedos meñiques agita la respiración de la arquitecta.

Siguen platicando. El quimico le dice que trabaja con el cobalto. Rompe el mutismo. Empieza a comentar las bondades del material. Ella se pierde en esa enumeración de propiedades, su sonrisa desaparece dejando un gesto de aburrimiento. Él pone su mano sobre la de ella. Le susurra algo al oido. Ella se separa, lo mira fijamente y el rostro de sorpresa se vuelve en una sonrisa ligera. Ahora la mujer es la que le susurra. Siguen en ese vaiven de secretos durante algunos minutos más. ¿Cuánto falta para tu vuelo? le pregunta él. Media hora, responde y apenas pronuncia la última silaba recibe el beso del joven.

El muchacho la toma de la mano, se levanta. Las cosas, dice ella. Estan seguras, responde él. Quiero algo inolvidable porque no te volvere a ver, le susurra y ella se deja llevar. La sala poco a poco empieza a llenarse de personas. Ella se fija entonces en el cabello negro del joven, que ahora caminando se ve mas largo, en movimiento. El se detiene ante la puerta del baño de caballeros. Esperame aquí, le ordena. La arquitecta se queda congelada. El quimico sale un momento después. Ven, y sin darle tiempo de reaccionar la mete. Ella tiene miedo, pero esa sensación acrecenta el sudor en la piel.

Dentro del sanitario el se pone tras ella y le susurra: ¿Te sientes sola? Ella afirma con la cabeza miéntras el joven le besa el cuello, le lame la oreja derecha y después besa apenas su boca. ¿Hace mucho que no tienes a nadie verdad? La arquitecta dice que si en voz baja. El muchacho le baja la falda y empieza a besar la parte interior de los muslos. La mujer gime, él le baja la ropa interior y empieza a lamer cada rincon de la entrepierna. ¿Me necesitas? le dice de repente, deteniéndose. Si, si, dice la chica agarrándolo de los cabellos y haciéndolo subir para besarle la boca con fuerza.

El quimico la termina de desnudar, le lame los pesones. ¿Traes condón?, dice ella y en el momento se arrepiente, siente que todo se perderá alli. Si, si traigo, dice el muchacho que esta a medio desvestir. La pone contra una de las paredes. Ella cierra los ojos hasta el momento en que se siente penetrada. Esta muy exitada. Siente que pronto alcanzará el orgasmo. En ese momento él acerca su boca al oido de la chica. El cobalto también sirve como explosivo, es radioactivo, perfecto para bombas del tamaño de un balón. ¿Qué?, pregunta ella abriéndo mucho los ojos. Mira el rostro de joven, su expresion malefica se pierde, en ese instante le parece más bien un infante perdido en medio de una ciudad sobrepoblada. Pierde de golpe la excitación. El joven se viene. Ella le menta la madre en silencio.

Él sale primero del baño, sin esperar a que ella termine de vestirse. La chica le dice algo pero el otro no escucha. Un par de hombres en el lavamanos la ven. La mujer sale, sonrojada y en silencio. Ahora la sala general esta llena de gente. Ella regresa a su lugar y ve al chico sentado. Empieza a tomar su cosas sin dirigirle la palabra. Buena suerte, dice él y mira su reloj. La arquitecta lo ve levantarse y dirigirse a una de las salidas. Le extraña que vaya solo. En ese momento la mujer se da cuenta que el oso sigue en el asiento y el ramo de flores yace en el suelo.

Duda, esta enojada. Mira la hora. Faltán díez minutos. Ya empiezan a abordar los de su vuelo. Desde allí alcanza a ver al muchacho que sigue su camino a la salida del aeropuerto. Toma el oso y empieza a andar hacia él. Le grita. Este voltea y empieza a correr. La arquitecta se detiene a media sala. Lo ve pasar por la puerta y perderse en la multitud que en esos momentos esta llegando al aeropuerto. Se queda inmovil durante algunos segundos, intentando entender. En ese instante pone el oido en el oso. Siente el miedo oprimiendo la garganta. Escucha claramente un tic tac dentro de la panza del mono de peluche. No puede moverse. Le parece que el tiempo acelera a la vez que ella permance estática. En los monitores de la sala dan las cuatro de la mañana. El sonido intermitente dentro del muñeco se detiene. Oye un ligero clic. La mujer contiene la respiración al tiempo que cierra los ojos.